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Son las siete de la mañana y una Mehari roja, con el techo roto, vuela por la rambla de Pocitos.
Un invierno que deja frío hasta las bufandas que los tres llevamos puestas nos va a acompañar durante todo el viaje. El truco que nos convence para emprender la surfada es que desde hace unos días un amigo de un amigo de un amigo nos convenció de que lo mejor para estos casos es meterse un par de aspirinas antes de entrar al agua (después nos enteraremos de que era toda una fábula).
Ninguno tiene libreta porque ninguno supera los 18 años; esto nos tiene más nerviosos que el frío, la lluvia o la ola que sabemos va a estar grande porque la Pocitos tiene más espuma que una cerveza mal servida.
La primera parada, como siempre, es en una estación de nafta. Además de poner nafta, compramos agua, unos bizcochos y un litro de chocolatada en sachet que tomamos del pico tipo rito que pasa de mano en mano.
El que maneja es el que más sufre porque la jabonera roja, como bautizamos a la Mehari, no tiene vidrio de su lado y el frío entra como por un tubo.
Ya estamos en la ruta. Pasamos el primer peaje y todavía no pinto ningún “chancho”.
La idea era ir hasta Punta del Este pero la nafta se fue más rápido de lo normal y nos vemos obligados a entrar por Solís a elegir una playa más cercana. Una de las sensaciones más hermosas cuando uno sale a surfar es sin duda cuando se encuentra con el mar después de hacer ruta durante más de una hora.
Esta claro que si la ola no colma tus expectativas cuando vez el mar muy contento no te pones pero este no era el caso ya que al ver la playa empedrada de Bella Vista nos dimos cuenta enseguida que, si bien no iba a estar prolija, la ola nos iba a dar un sacudón.
Pasamos Pirlápolis y la fisura surfera nos mató porque decidimos parar en la Bahía de San Francisco; más tarde nos daríamos cuenta de que lo mejor era ir hasta Punta Negra pero hubiera sido otra historia.
Otro rito clásico es bajarse del auto y primero ir a ver la ola. Inmediatamente después nos enfrentamos a algo para lo que estábamos preparados desde la salida en Montevideo: había dos trajes largos, finos los dos, y uno corto. Solo el sorteo podía resolver tal problema. Me toco uno de los largos, el pobre conductor de la Mehari fue el acreedor del corto.
Ahora si al agua, perdón, antes nos mandamos las aspirinas.
El no estaba muy frío pero en cuanto puse la tabla en el agua me di cuenta que estaba hasta las manos; el traje me apretaba, mi estado físico no era el mejor y me sentía adentro de un lavarropas gigante. El color del agua era el mismo que el de la chocolatada que nos tomamos en el viaje y con la misma consistencia. Los primeros dos patos me sacaron la tabla de las manos.
Mis compañeros vivían un panorama muy similar pero habían pasado la primer rompiente. El tercer, cuarto y quinto pato fueron un poco mejores pero me dejaron muerto, pase la primer rompiente y me senté. Ya no estaban mis compañeros y la corriente me había llevado como 100 metros hacia el este.
Estaba muerto. Las olas eran de un metro y medio pero el desorden hacía que aparecieran en cualquier lugar, así que por arte de magia se paro adelante mío un olon que me dejó paralizado por un instante. Había dos caminos, hacer un nuevo pato y dejarme llevar por el mar a donde éste quisiera o intentar tomar esa pared de agua que no me dejaba ver el horizonte.
Tome la segunda opción. El labio estaba a punto de emprender su caída cuando logre desprender las manos congeladas y asustadas de la tabla; me pare. La velocidad del drop fue tremenda, la tabla bajo más rápido que yo aunque por lo menos me sacó de abajo del caño de agua que cayo y terminó de tirarme de la tabla. Hasta ahí puedo contar de mi estadía en el agua porque la arena me dio la bienvenida rápidamente.
Mis compañeros corrieron la misma suerte pero con olas más grandes porque estaban más adentro.
No voy a olvidar nuestras caras en al Mehari.
En la vuelta casi no hablamos. Pero a pesar de todo los tres sabíamos que lo que había pasado era lo que habíamos ido a buscar.
Por Andrés Colombo
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